John 15 - Biblia de Estudio MacArthur

15:1 Yo soy la vid verdadera. Esta es la última de siete afirmaciones contundentes de su deidad que Cristo hace en la forma de declaraciones que se reconocen por la frase “Yo soy” en el Evangelio de Juan (vea 6:35; 8:12; 10:7, 9; 10:11, 14; 11:25; 14:6).
15:1–17 Por medio de esta metáfora extensa de la vid y los pámpanos, Jesús estableció los principios de la vida cristiana. Jesús empleó imágenes propias de la vida agrícola de su tiempo, es decir, vides y cosechas de uva (vea también Mt. 20:1–16; 21:23–41; Mr. 12:1–9; Lc. 13:6–9; 20:9–16). En el AT la vid se usaba con frecuencia como símbolo de Israel (Sal. 80:9–16; Is. 5:1–7; 27:2–6; Jer. 2:21; 12:10; Ez. 15:1–8; 17:1–21; 19:10–14; Os. 10:1, 2). De forma específica, Él se identificó a sí mismo como “la vid verdadera” y al Padre como “el labrador” o preservador de la vid. La vid tiene dos tipos de ramas o pámpanos: 1) pámpanos que llevan fruto (vv. 2, 8), y 2) pámpanos sin fruto (vv. 2, 6). Los pámpanos que llevan fruto son creyentes auténticos. Aunque el contexto inmediato se enfoca en los once discípulos fieles, la imagen también abarca a todos los creyentes en todas las épocas y lugares. Los pámpanos que no llevan fruto representan a los que profesan tener fe, pero su falta de fruto indica que en su vida nunca ha ocurrido una salvación genuina y que no reciben su vitalidad de la vid. De manera especial se tiene presente a Judas en el contexto inmediato, pero la imagen se aplica con base en su ejemplo a todos los que hacen una profesión de fe en Cristo pero en realidad no poseen la salvación. La imagen de pámpanos que no llevan fruto y son quemados ilustra el juicio escatológico y el rechazo eterno de estos falsos creyentes (vea Ez. 15:6–8).
15:2 lo quitará. Aquí se presenta al labrador (i. e. el Padre), quien se esmera en la labor de deshacerse de la vegetación muerta para que las ramas vivas que llevan fruto puedan distinguirse bien. Esta acción se aplica a cristianos apóstatas que nunca creyeron de verdad y serán arrancados como parte del juicio divino (v. 6; Mt. 7:16; Ef. 2:10). Ellos nunca permitieron que la vida transformadora de Cristo palpitara en su interior (8:31, 32; cp. Mt. 13:18–23; 24:12; He. 3:14–19; 6:4–8; 10:27–31; 1 Jn. 2:19; 2 Jn. 9). lo limpiará. Dios quita todas las cosas en la vida del creyente que le impidan llevar fruto en abundancia, esto es, Él azota si es necesario para arrancar todo pecado y todo obstáculo que frustre la vida espiritual, así como un agricultor quita cualquier cosa que crezca en las ramas y que les impida rendir fruto al máximo (He. 12:3–11).
15:4–6 Permaneced en mí. La palabra “permanecer” significa quedarse o persistir. El hecho de permanecer constituye una evidencia de que la salvación ya ha tenido lugar (1 Jn. 2:19). El fruto o la evidencia de salvación es la permanencia y la continuidad en el servicio a Él y en su enseñanza (8:31; 1 Jn. 2:24; Col. 1:23). El creyente que permanece es el único creyente legítimo. De hecho, permanecer y creer son aspectos esenciales de la salvación genuina (He. 3:6–19). Para una discusión sobre la perseverancia de los santos, vea la nota sobre Mateo 24:13.
15:6 Aquí la imagen presentada es de destrucción (cp. Mt. 3:10–12; 5:22; 13:40–42, 50; 25:41; Mr. 9:43–49; Lc. 3:17; 2 Ts. 1:7–9; Ap. 20:10–15). Así se ilustra el juicio que aguarda a todos los que nunca fueron salvos.
15:7–10 Los creyentes verdaderos obedecen los mandatos del Señor mediante el sometimiento a su Palabra (14:21, 23). En virtud de su compromiso con la Palabra de Dios, se dedican por completo a hacer su voluntad y de este modo sus oraciones son fructíferas (14:13, 14), lo cual a su vez hace evidente la gloria a Dios a medida que Él las responde.
15:9, 10 permaneced en mi amor. Cp. Judas 21. No es algo emocional ni místico, sino que se define en el v. 10 como obediencia. Jesús estableció el modelo a seguir con su obediencia perfecta al Padre, y debemos usarlo como patrón de nuestra obediencia a Él.
15:11 vuestro gozo sea cumplido. Así como Jesús insistió en que su obediencia al Padre era la base de su gozo, los creyentes que sean obedientes a sus mandamientos experimentarán el mismo gozo (17:13; cp. 16:24).
15:12 Cp. 13:34, 35. Vea las notas sobre 1 Juan 2:7–11.
15:13 Esta es una referencia a la evidencia y expresión suprema del amor de Jesús (v. 12), su sacrificio y muerte en la cruz. Los cristianos están llamados a ejemplificar la misma clase de entrega sacrificada los unos por los otros, aun si ese sacrificio implique perder la vida en la imitación del ejemplo de Cristo (cp. 1 Jn. 3:16).
15:14, 15 amigos. Así como Abraham fue llamado el “amigo de Dios” (2 Cr. 20:7; Stg. 2:23) porque disfrutó de un acceso extraordinario a la mente de Dios a través de la revelación divina que creyó, también los que siguen a Cristo tienen el privilegio de recibir revelación extraordinaria a través del Mesías e Hijo de Dios, y al creer se convierten por igual en “amigos” de Dios. Fue por sus “amigos” que el Señor dio su vida (v. 13; 10:11, 15, 17).
15:16 yo os elegí. Cp. el v. 19. En caso de que pudiera existir cualquier pretensión entre los discípulos en términos de orgullo espiritual a causa de los privilegios que disfrutaban, Jesús dejó en claro que ese privilegio no dependía de los méritos de ellos, sino de su elección soberana de ellos. Dios eligió a Israel (Is. 45:4; Am. 3:2), pero no a causa de algún mérito intrínseco de la nación (Dt. 7:7; 9:4–6). Dios eligió ángeles para que fueran santos para siempre (1 Ti. 5:21). Él eligió a los creyentes para salvación aparte de cualquier mérito humano (Mt. 24:24, 31; vea las notas sobre Ro. 8:29–33; Ef. 1:3–6; Col. 3:12; Tit. 1:1; 1 P. 1:2). llevéis fruto. Uno de los propósitos de la elección soberana de Dios es que los discípulos que han sido bendecidos con tal revelación y entendimiento produzcan fruto espiritual en abundancia. El NT describe el fruto en términos de actitudes piadosas (Gá. 5:22, 23), conducta justa (Fil. 1:11), alabanza (He. 13:15), y en especial la conducción de otros a la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios (Ro. 1:13–16).
15:18, 19 Puesto que Satanás es el que domina el sistema de maldad mundano en rebelión contra Dios (14:30), el resultado es que el mundo no solo aborrece a Jesús, sino también a los que lo siguen (2 Ti. 3:12). El aborrecimiento a Jesús significa también aborrecimiento al Padre quien lo envió (v. 23).
15:20 siervo… señor. Este axioma, enunciado también en 13:16, refleja la verdad obvia que motivó a Jesús a informar a sus discípulos sobre este particular. Ellos podían esperar que los trataran como Él fue tratado porque quienes lo aborrecieron no conocen a Dios (v. 21) y también los aborrecerían. De igual modo, aquellos que escucharan con fe a Jesús, también les prestarían atención a ellos.
15:22–24 no tendrían pecado. No quiso dar a entender que si no hubiera venido todos habrían quedado libres de pecado. Más bien, su venida incitó en ellos la clase de pecado más violenta y letal, la cual consiste en rechazar a Dios y rebelarse contra Él y su verdad. Él hablaba del pecado del rechazo decidido, la elección deliberada y fatal de las tinieblas sobre la luz y de la muerte sobre la vida. Él había hecho muchos milagros y hablado palabras innumerables para probar que era el Mesías y el Hijo de Dios, pero ellos fueron beligerantes en su amor al pecado y su rechazo al Salvador. Vea Hebreos 4:2–5; 6:4–6; 10:29–31.
15:25 Jesús cita Salmo 35:19; 69:4. Aquí la lógica es que si David, un simple hombre, llegó a ser aborrecido de una manera tan terrible e implacable por los enemigos de Dios, cuánto más aborrecerían los malos al Hijo perfecto y divino de David quien fue el Rey prometido que confrontaría el pecado y reinaría para siempre sobre su reino de justicia (vea 2 S 7:16).
15:26, 27 cuando venga el Consolador. De nuevo, Jesús prometió enviar al Espíritu Santo (7:39; 14:16, 17, 26; 16:7, 13, 14). Esta vez hizo hincapié en la ayuda del Espíritu para testificar de Cristo y proclamar el evangelio. Vea la nota sobre 16:7.

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