Mateo 16:1-28 NVI
[1] Los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les mostrara una señal del cielo. [2] Él les contestó: «Al atardecer, ustedes dicen que hará buen tiempo porque el cielo está rojizo [3] y por la mañana, que habrá tempestad porque el cielo está rojo y nublado. Ustedes saben discernir el aspecto del cielo, pero no las señales de los tiempos. [4] ¡Esta generación malvada y adúltera pide una señal milagrosa! Pero no se le dará más señal que la de Jonás». Entonces Jesús los dejó y se fue. [5] Cruzaron el lago, pero a los discípulos se les había olvidado llevar pan. [6] ―Presten atención —les advirtió Jesús—; cuídense de la levadura de los fariseos y de los saduceos. [7] Ellos comentaban entre sí: «Lo dice porque no trajimos pan». [8] Al darse cuenta de esto, Jesús les dijo: ―Hombres de poca fe, ¿por qué están hablando de que no tienen pan? [9] ¿Todavía no entienden? ¿No recuerdan los cinco panes para los cinco mil y el número de canastas que recogieron? [10] ¿Ni los siete panes para los cuatro mil y el número de cestas que recogieron? [11] ¿Cómo es que no entienden que no hablaba yo del pan, sino de tener cuidado de la levadura de fariseos y saduceos? [12] Entonces comprendieron que no les decía que se cuidaran de la levadura del pan, sino de la enseñanza de los fariseos y de los saduceos. [13] Cuando llegó a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: ―¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? [14] Le respondieron: ―Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o uno de los profetas. [15] ―Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? —preguntó Jesús. [16] ―Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente —afirmó Simón Pedro. [17] ―Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás —le dijo Jesús—, porque eso no te lo reveló ningún mortal, sino mi Padre que está en el cielo. [18] Yo te digo que tú eres Pedro. Sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas de los dominios de la muerte no prevalecerán contra ella. [19] Te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. [20] Luego les ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo. [21] Desde entonces comenzó Jesús a advertir a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y sufrir muchas cosas a manos de los líderes religiosos, de los jefes de los sacerdotes y de los maestros de la Ley; también que era necesario que lo mataran y que al tercer día resucitara. [22] Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo: ―¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá jamás! [23] Jesús se volvió y le dijo a Pedro: ―¡Aléjate de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. [24] Luego Jesús dijo a sus discípulos: ―Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. [25] Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará. [26] ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? [27] Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles y entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho. [28] Les aseguro que algunos de los aquí presentes no sufrirán la muerte sin antes haber visto al Hijo del hombre llegar en su reino.
