[1] Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhelo a ti, oh Dios. [2] Tengo sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo podré ir para estar delante de él? [3] Día y noche solo me alimento de lágrimas, mientras que mis enemigos se burlan continuamente de mí diciendo: «¿Dónde está ese Dios tuyo?». [4] Se me destroza el corazón al recordar cómo solían ser las cosas: yo caminaba entre la multitud de adoradores, encabezaba una gran procesión hacia la casa de Dios, cantando de alegría y dando gracias en medio del sonido de una gran celebración. [5] ¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y [6] mi Dios! Ahora estoy profundamente desalentado, pero me acordaré de ti, aun desde el lejano monte Hermón, donde nace el Jordán, desde la tierra del monte Mizar. [7] Oigo el tumulto de los embravecidos mares, mientras me arrasan tus olas y las crecientes mareas. [8] Pero cada día el SEÑOR derrama su amor inagotable sobre mí, y todas las noches entono sus cánticos y oro a Dios, quien me da vida. [9] «¡Oh Dios, roca mía! -clamo-, ¿por qué me has olvidado? ¿Por qué tengo que andar angustiado, oprimido por mis enemigos?». [10] Sus insultos me parten los huesos. Se burlan diciendo: «¿Dónde está ese Dios tuyo?». [11] ¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y mi Dios!