Lucas 18:1-43 NTV
[1] Cierto día, Jesús les contó una historia a sus discípulos para mostrarles que siempre debían orar y nunca darse por vencidos. [2] «Había un juez en cierta ciudad -dijo-, que no tenía temor de Dios ni se preocupaba por la gente. [3] Una viuda de esa ciudad acudía a él repetidas veces para decirle: "Hágame justicia en este conflicto con mi enemigo". [4] Durante un tiempo, el juez no le hizo caso, hasta que finalmente se dijo a sí mismo: "No temo a Dios ni me importa la gente, [5] pero esta mujer me está volviendo loco. Me ocuparé de que reciba justicia, ¡porque me está agotando con sus constantes peticiones!"». [6] Entonces el Señor dijo: «Aprendan una lección de este juez injusto. [7] Si hasta él dio un veredicto justo al final, ¿acaso no creen que Dios hará justicia a su pueblo escogido que clama a él día y noche? ¿Seguirá aplazando su respuesta? [8] Les digo, ¡él pronto les hará justicia! Pero cuando el Hijo del Hombre regrese, ¿a cuántas personas con fe encontrará en la tierra?». [9] Luego Jesús contó la siguiente historia a algunos que tenían mucha confianza en su propia rectitud y despreciaban a los demás: [10] «Dos hombres fueron al templo a orar. Uno era fariseo, y el otro era un despreciado cobrador de impuestos. [11] El fariseo, de pie, apartado de los demás, hizo la siguiente oración: "Te agradezco, Dios, que no soy un pecador como todos los demás. Pues no engaño, no peco y no cometo adulterio. ¡Para nada soy como ese cobrador de impuestos! [12] Ayuno dos veces a la semana y te doy el diezmo de mis ingresos". [13] »En cambio, el cobrador de impuestos se quedó a la distancia y ni siquiera se atrevía a levantar la mirada al cielo mientras oraba, sino que golpeó su pecho en señal de dolor mientras decía: "Oh Dios, ten compasión de mí, porque soy un pecador". [14] Les digo que fue este pecador -y no el fariseo- quien regresó a su casa justificado delante de Dios. Pues los que se exaltan a sí mismos serán humillados, y los que se humillan serán exaltados». [15] Cierto día, algunos padres llevaron a sus hijitos a Jesús para que él los tocara y los bendijera; pero cuando los discípulos vieron esto, regañaron a los padres por molestarlo. [16] Entonces Jesús llamó a los niños y dijo a los discípulos: «Dejen que los niños vengan a mí. ¡No los detengan! Pues el reino de Dios pertenece a los que son como estos niños. [17] Les digo la verdad, el que no reciba el reino de Dios como un niño nunca entrará en él». [18] Cierta vez, un líder religioso le hizo a Jesús la siguiente pregunta: -Maestro bueno, ¿qué debería hacer para heredar la vida eterna? [19] -¿Por qué me llamas bueno? -le preguntó Jesús-. Solo Dios es verdaderamente bueno; [20] pero para contestar a tu pregunta, tú conoces los mandamientos: "No cometas adulterio; no cometas asesinato; no robes; no des falso testimonio; honra a tu padre y a tu madre". [21] El hombre respondió: -He obedecido todos esos mandamientos desde que era joven. [22] Cuando Jesús oyó su respuesta, le dijo: -Hay una cosa que todavía no has hecho. Vende todas tus posesiones y entrega el dinero a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Después ven y sígueme. [23] Cuando el hombre oyó esto, se puso triste porque era muy rico. [24] Jesús lo vio y dijo: «¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! [25] De hecho, ¡es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios!». [26] Los que lo oyeron, dijeron: «Entonces, ¿quién podrá ser salvo?». [27] Él contestó: «Lo que es imposible para los seres humanos es posible para Dios». [28] Pedro dijo: -Nosotros hemos dejado nuestros hogares para seguirte. [29] -Así es -respondió Jesús-, y les aseguro que todo el que haya dejado casa o esposa o hermanos o padres o hijos por causa del reino de Dios [30] recibirá mucho más en esta vida y tendrá la vida eterna en el mundo que vendrá. [31] Jesús llevó a los doce discípulos aparte y dijo: «Escuchen, subimos a Jerusalén, donde todas las predicciones de los profetas acerca del Hijo del Hombre se harán realidad. [32] Será entregado a los romanos, y se burlarán de él, lo tratarán de manera vergonzosa y lo escupirán. [33] Lo azotarán con un látigo y lo matarán, pero al tercer día resucitará». [34] Sin embargo, ellos no entendieron nada de esto. La importancia de sus palabras estaba oculta de ellos, y no captaron lo que decía. [35] Al acercarse Jesús a Jericó, un mendigo ciego estaba sentado junto al camino. [36] Cuando oyó el ruido de la multitud que pasaba, preguntó qué sucedía. [37] Le dijeron que Jesús de Nazaret pasaba por allí. [38] Entonces comenzó a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!». [39] «¡Cállate!», le gritaba la gente que estaba más adelante. Sin embargo, él gritó aún más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». [40] Cuando Jesús lo oyó, se detuvo y ordenó que le trajeran al hombre. Al acercarse el ciego, Jesús le preguntó: [41] -¿Qué quieres que haga por ti? -Señor -le dijo-, ¡quiero ver! [42] Jesús le dijo: -Bien, recibe la vista. Tu fe te ha sanado. [43] Al instante el hombre pudo ver y siguió a Jesús mientras alababa a Dios. Y todos los que lo vieron también alabaron a Dios.
