[1] Todo el ejército filisteo se movilizó en Afec, y los israelitas acamparon junto al manantial de Jezreel. [2] Mientras los gobernantes filisteos dirigían a sus tropas en grupos de cien y de mil, David y sus hombres marcharon por la retaguardia con el rey Aquis. [3] Pero los comandantes filisteos reclamaron: -¿Qué hacen aquí estos hebreos? Y Aquis les dijo: -Este es David, el siervo de Saúl, rey de Israel. Él ha estado conmigo por años, y no he encontrado en él ninguna falta, desde que llegó hasta el día de hoy. [4] Pero los comandantes filisteos se enojaron. -¡Envíalo de vuelta a la ciudad que le diste! -le exigieron-. No puede ir con nosotros a la batalla. ¿Y si se vuelve contra nosotros durante la batalla y se convierte en nuestro adversario? ¿Qué mejor manera de reconciliarse con su amo que entregándole nuestras cabezas? [5] ¿No es este el mismo David por quien las mujeres de Israel cantan en sus danzas: "Saúl mató a sus miles, y David, a sus diez miles"? [6] Así que Aquis finalmente mandó traer a David y le dijo: -Juro por el SEÑOR que has sido un aliado confiable. Pienso que debes ir conmigo a la batalla, porque no he encontrado una sola falla en ti desde que llegaste hasta el día de hoy. Pero los demás gobernantes filisteos no quieren ni oír hablar del tema. [7] Por favor, no los inquietes y regresa sin llamar la atención. [8] -¿Qué he hecho para merecer esto? -preguntó David-. ¿Qué ha encontrado en su siervo para que no pueda ir y pelear contra los enemigos de mi señor el rey? [9] Pero Aquis insistió: -En lo que a mí respecta, eres tan perfecto como un ángel de Dios. Pero los comandantes filisteos tienen miedo e insisten en que no los acompañen en la batalla. [10] Ahora, levántate temprano en la mañana y vete con tus hombres en cuanto amanezca. [11] Entonces David y sus hombres regresaron a la tierra de los filisteos, mientras que el ejército filisteo avanzó hasta Jezreel.