[1] Me dije a mí mismo: «Mientras esté ante gente malvada vigilaré mi conducta, me abstendré de pecar con la lengua, me pondré una mordaza en la boca». [2] Así que guardé silencio, me mantuve callado. ¡Ni aun lo bueno salía de mi boca! Pero mi angustia iba en aumento; [3] ¡el corazón me ardía en el pecho! Al meditar en esto, el fuego se inflamó y tuve que decir: [4] «Hazme saber, SEÑOR, cuál es el final de mi vida y el número de mis días; hazme saber lo efímero que soy. [5] Muy breve es la vida que me has dado; ante ti, mis años no son nada. ¡El ser humano es como un soplo! Selah [6] »Es como una sombra que pasa. En vano se afana por amontonar riquezas, pues no sabe quién se quedará con ellas. [7] »Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? ¡Mi esperanza he puesto en ti! [8] Líbrame de todas mis transgresiones. Que los necios no se burlen de mí. [9] He guardado silencio; no he abierto la boca, pues tú eres quien actúa. [10] Aparta de mí tu azote, que los golpes de tu mano me aniquilan. [11] Tú reprendes a los mortales, los castigas por su iniquidad; como polilla, acabas con lo que más desean. ¡Un soplo nada más es el mortal! Selah [12] »SEÑOR, escucha mi oración, atiende a mi clamor; no te desentiendas de mi llanto. Ante ti soy un extranjero, alguien que está de paso, como todos mis antepasados. [13] No me mires con enojo y volveré a alegrarme antes que me vaya y deje de existir».