[1] Vuélvete, Israel, al SEÑOR tu Dios. ¡Tu maldad te ha hecho caer! [2] Piensen bien lo que dirán y vuélvanse al SEÑOR con este ruego: «Perdónanos nuestras maldades y recíbenos con benevolencia, pues queremos ofrecerte el fruto de nuestros labios. [3] Asiria no podrá salvarnos; no montaremos caballos de guerra. Nunca más llamaremos “dios nuestro” a cosas hechas por nuestras manos, pues en ti el huérfano halla compasión». [4] «Yo sanaré su rebeldía y los amaré de pura gracia, porque mi ira contra ellos se ha calmado. [5] Yo seré para Israel como el rocío, y lo haré florecer como lirio. Hundirá sus raíces como cedro del Líbano. [6] Sus vástagos crecerán, tendrán el esplendor del olivo y la fragancia del cedro del Líbano. [7] Volverán a habitar bajo su sombra, y crecerán como el trigo. Echarán renuevos, como la vid, y serán tan famosos como el vino del Líbano. [8] Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos? ¡Soy yo quien te responde y cuida de ti! Soy como el ciprés siempre verde; tu fruto procede de mí». [9] ¿Quién es sabio? Que entienda estas cosas. ¿Quién tiene discernimiento? Que las comprenda. Ciertamente son rectos los caminos del SEÑOR: en ellos caminan los justos, pero en ellos tropiezan los rebeldes.