Marcos 10:1-52 NVI

[1] Jesús partió de aquel lugar y se fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Otra vez se le reunieron las multitudes y, como era su costumbre, les enseñaba. [2] Algunos fariseos se le acercaron y, para ponerlo a prueba, le preguntaron: ―¿Está permitido que un hombre se divorcie de su esposa? [3] ―¿Qué les mandó Moisés? —respondió Jesús. [4] ―Moisés permitió que un hombre le escribiera un certificado de divorcio y la despidiera —contestaron ellos. [5] ―Ese mandamiento lo escribió Moisés para ustedes por lo obstinados que son —respondió Jesús—. [6] Pero al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer”. [7] “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, [8] y los dos llegarán a ser uno solo”. Así que ya no son dos, sino uno solo. [9] Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. [10] Vueltos a casa, los discípulos le preguntaron a Jesús sobre este asunto. [11] ―El que se divorcia de su esposa y se casa con otra comete adulterio contra la primera —respondió—. [12] Y, si la mujer se divorcia de su esposo y se casa con otro comete adulterio. [13] Empezaron a llevarle niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos reprendían a quienes los llevaban. [14] Cuando Jesús se dio cuenta, se indignó y les dijo: «Dejen que los niños vengan a mí; no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos. [15] Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño de ninguna manera entrará en él». [16] Y, después de abrazarlos, los bendecía poniendo las manos sobre ellos. [17] Cuando Jesús estaba ya para irse, un hombre llegó corriendo y se arrodilló delante de él. ―Maestro bueno —le preguntó—, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? [18] ―¿Por qué me llamas bueno? —respondió Jesús—. Nadie es bueno sino solo Dios. [19] Ya sabes los mandamientos: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”. [20] ―Maestro —dijo el hombre—, todo eso lo he cumplido desde que era joven. [21] Jesús lo miró con amor y añadió: ―Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme. [22] Al oír esto, el hombre se desanimó y se fue triste, porque tenía muchas riquezas. [23] Jesús miró alrededor y les comentó a sus discípulos: ―¡Qué difícil es para los ricos entrar en el reino de Dios! [24] Los discípulos se asombraron de sus palabras. ―Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! —repitió Jesús—. [25] Le resulta más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. [26] Los discípulos se asombraron aún más y decían entre sí: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». [27] ―Para los hombres es imposible —aclaró Jesús, mirándolos fijamente—, pero no para Dios; de hecho, para Dios todo es posible. [28] ―¿Qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido? —comenzó a decirle Pedro. [29] ―Les aseguro —respondió Jesús— que todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos [30] recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y, en la edad venidera, la vida eterna. [31] Pero muchos de los primeros serán últimos y los últimos serán primeros. [32] Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús se les adelantó. Los discípulos estaban asombrados y los otros que venían detrás tenían miedo. De nuevo tomó aparte a los doce y comenzó a decirles lo que le sucedería. [33] «Ahora vamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la Ley. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. [34] Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. Pero al tercer día resucitará». [35] Se le acercaron Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. ―Maestro —le dijeron—, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. [36] ―¿Qué quieren que haga por ustedes? [37] ―Concédenos que en tu glorioso reino uno de nosotros se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda. [38] ―Ustedes no saben lo que están pidiendo —les respondió Jesús—. ¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo bebo o pasar por la prueba del bautismo con el que voy a ser bautizado? [39] Ellos dijeron: ―Sí, podemos. ―Ustedes beberán de la copa que yo bebo —les respondió Jesús— y pasarán por la prueba del bautismo con el que voy a ser bautizado, [40] pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo. Eso ya está decidido. [41] Cuando lo oyeron los otros diez, se indignaron con Santiago y Juan. [42] Así que Jesús los llamó y les dijo: ―Como ustedes saben, los que se consideran gobernantes de las naciones oprimen al pueblo y los altos oficiales abusan de su autoridad. [43] Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, [44] y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos. [45] Porque ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. [46] Después llegaron a Jericó. Más tarde, salió Jesús de la ciudad acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Un mendigo ciego llamado Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado junto al camino. [47] Al oír que el que venía era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: ―¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí! [48] Muchos lo reprendían para que se callara, pero él se puso a gritar aún más fuerte: ―¡Hijo de David, ten compasión de mí! [49] Jesús se detuvo y dijo: ―Llámenlo. Así que llamaron al ciego. ―¡Ánimo! —le dijeron—. ¡Levántate! Te llama. [50] Él, arrojando la capa, dio un salto y se acercó a Jesús. [51] ―¿Qué quieres que haga por ti? —le preguntó. ―Raboni, quiero ver —respondió el ciego. [52] ―Puedes irte —le dijo Jesús—, tu fe te ha sanado. Al instante recobró la vista y comenzó a seguir a Jesús por el camino.

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