John 11:1-57 NVI
[1] Había un hombre enfermo llamado Lázaro, que era de Betania, el pueblo de María y su hermana Marta. [2] María era la misma que ungió con perfume al Señor y le secó los pies con sus cabellos. [3] Las dos hermanas mandaron decirle a Jesús: «Señor, tu amigo querido está enfermo». [4] Cuando Jesús oyó esto, dijo: «Esta enfermedad no terminará en muerte, sino que es para la gloria de Dios, para que por ella el Hijo de Dios sea glorificado». [5] Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. [6] A pesar de eso, cuando oyó que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más donde se encontraba. [7] Después dijo a sus discípulos: ―Volvamos a Judea. [8] ―Rabí —objetaron ellos—, hace muy poco los judíos intentaron apedrearte, ¿y todavía quieres volver allá? [9] ―¿Acaso el día no tiene doce horas? —respondió Jesús—. El que anda de día no tropieza, porque tiene la luz de este mundo. [10] Pero el que anda de noche sí tropieza, porque no tiene luz. [11] Dicho esto, añadió: ―Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy a despertarlo. [12] ―Señor —respondieron sus discípulos—, si duerme, es que va a recuperarse. [13] Jesús les hablaba de la muerte de Lázaro, pero sus discípulos pensaron que se refería al sueño natural. [14] Por eso les dijo claramente: ―Lázaro ha muerto, [15] y por causa de ustedes me alegro de no haber estado allí, para que crean. Pero vamos a verlo. [16] Entonces Tomás, apodado el Gemelo, dijo a los otros discípulos: ―Vayamos también nosotros para morir con él. [17] A su llegada, Jesús se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. [18] Betania estaba cerca de Jerusalén, como a tres kilómetros de distancia, [19] y muchos judíos habían ido a casa de Marta y de María a darles el pésame por la muerte de su hermano. [20] Cuando Marta supo que Jesús llegaba, fue a su encuentro; pero María se quedó en la casa. [21] ―Señor —le dijo Marta a Jesús—, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. [22] Pero yo sé que aun ahora Dios te dará todo lo que le pidas. [23] ―Tu hermano resucitará —le dijo Jesús. [24] ―Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final —respondió Marta. [25] Entonces Jesús le dijo: ―Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; [26] y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto? [27] Marta dijo: ―Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. [28] Dicho esto, Marta regresó a la casa y, llamando a su hermana María, le dijo en privado: ―El Maestro está aquí y te llama. [29] Cuando María oyó esto, se levantó rápidamente y fue a su encuentro. [30] Jesús aún no había entrado en el pueblo, sino que todavía estaba en el lugar donde Marta se había encontrado con él. [31] Los judíos que habían estado con María en la casa, dándole el pésame, al ver que se había levantado y había salido de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar. [32] Cuando María llegó adonde estaba Jesús y lo vio, se arrojó a sus pies y le dijo: ―Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. [33] Al ver llorar a María y a los judíos que la habían acompañado, Jesús se turbó y se conmovió profundamente. [34] ―¿Dónde lo han puesto? —preguntó. ―Ven a verlo, Señor —le respondieron. [35] Jesús lloró. [36] ―¡Miren cuánto lo quería! —dijeron los judíos. [37] Pero algunos de ellos comentaban: ―Este, que le abrió los ojos al ciego, ¿no podría haber impedido que Lázaro muriera? [38] Conmovido una vez más, Jesús se acercó al sepulcro. Era una cueva cuya entrada estaba tapada con una piedra. [39] ―Quiten la piedra —ordenó Jesús. Marta, la hermana del difunto, objetó: ―Señor, ya debe oler mal, pues lleva cuatro días allí. [40] ―¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios? —le contestó Jesús. [41] Entonces quitaron la piedra. Jesús, alzando la vista, dijo: ―Padre, te doy gracias porque me has escuchado. [42] Ya sabía yo que siempre me escuchas, pero lo dije por la gente que está aquí presente, para que crean que tú me enviaste. [43] Dicho esto, gritó con fuerza: ―¡Lázaro, sal fuera! [44] El muerto salió con vendas en las manos y en los pies, y el rostro cubierto con un sudario. ―Quítenle las vendas y dejen que se vaya —les dijo Jesús. [45] Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y que habían presenciado lo hecho por Jesús creyeron en él. [46] Pero algunos de ellos fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. [47] Entonces los jefes de los sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión del Consejo. ―¿Qué vamos a hacer? —dijeron—. Este hombre está haciendo muchas señales. [48] Si lo dejamos seguir así, todos van a creer en él. Entonces vendrán los romanos y acabarán con nuestro lugar sagrado, incluso con nuestra nación. [49] Uno de ellos, llamado Caifás, que ese año era el sumo sacerdote, les dijo: ―¡Ustedes no saben nada en absoluto! [50] No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación. [51] Pero esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que como era sumo sacerdote ese año profetizó que Jesús moriría por la nación judía [52] y no solo por esa nación, sino también por los hijos de Dios que estaban dispersos, para congregarlos y unificarlos. [53] Así que desde ese día convinieron en quitarle la vida. [54] Por eso Jesús ya no andaba en público entre los judíos. Se retiró más bien a una región cercana al desierto, a un pueblo llamado Efraín, donde se quedó con sus discípulos. [55] Faltaba poco para la Pascua judía, así que muchos subieron del campo a Jerusalén para su purificación ceremonial antes de la Pascua. [56] Andaban buscando a Jesús y, mientras estaban en el templo, comentaban entre sí: «¿Qué les parece? ¿Acaso no vendrá a la fiesta?». [57] Por su parte, los jefes de los sacerdotes y los fariseos habían dado la orden de que, si alguien llegaba a saber dónde estaba Jesús, debía denunciarlo para que lo arrestaran.
