Hechos 27:1-44 NVI

[1] Cuando se decidió que navegáramos rumbo a Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, quien pertenecía al batallón imperial. [2] Subimos a bordo de un barco, con matrícula de Adramitio, que estaba a punto de zarpar hacia los puertos de la provincia de Asia, y nos hicimos a la mar. Nos acompañaba Aristarco, un macedonio de Tesalónica. [3] Al día siguiente, hicimos escala en Sidón, y Julio, con mucha amabilidad, le permitió a Pablo visitar a sus amigos para que lo atendieran. [4] Desde Sidón zarpamos y navegamos al abrigo de Chipre, porque los vientos nos eran contrarios. [5] Después de atravesar el mar frente a las costas de Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira de Licia. [6] Allí el centurión encontró un barco de Alejandría que iba para Italia, y nos hizo subir a bordo. [7] Durante muchos días la navegación fue lenta y a duras penas llegamos frente a Gnido. Como el viento nos era desfavorable para seguir el rumbo trazado, navegamos al amparo de Creta, frente a Salmona. [8] Seguimos con dificultad a lo largo de la costa y llegamos a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca de la ciudad de Lasea. [9] Se había perdido mucho tiempo y era peligrosa la navegación por haber pasado ya la fiesta del ayuno. Así que Pablo les advirtió: [10] «Señores, veo que nuestro viaje va a ser desastroso y que va a causar mucho perjuicio tanto para el barco y su carga como para nuestras propias vidas». [11] Pero el centurión, en vez de hacerle caso, siguió el consejo del timonel y del dueño del barco. [12] Como el puerto no era adecuado para invernar, la mayoría decidió que debíamos seguir adelante, con la esperanza de llegar a Fenice, puerto de Creta que da al suroeste y al noroeste, y pasar allí el invierno. [13] Cuando comenzó a soplar un viento suave del sur, creyeron que podían conseguir lo que querían, así que levaron anclas y navegaron junto a la costa de Creta. [14] Poco después se nos vino encima un viento huracanado, llamado Nordeste, que venía desde la isla. [15] El barco quedó atrapado por la tempestad y no podía hacerle frente al viento, así que nos dejamos llevar a la deriva. [16] Mientras pasábamos al abrigo de un islote llamado Cauda, a duras penas pudimos sujetar el bote salvavidas. [17] Después de subirlo a bordo, amarraron con sogas todo el casco del barco para reforzarlo. Temiendo que fueran a encallar en los bancos de arena de la Sirte, echaron el ancla flotante y dejaron el barco a la deriva. [18] Al día siguiente, dado que la tempestad seguía arremetiendo con mucha fuerza contra nosotros, comenzaron a arrojar la carga por la borda. [19] Al tercer día, con sus propias manos arrojaron al mar los aparejos del barco. [20] Como pasaron muchos días sin que aparecieran ni el sol ni las estrellas, y la tempestad seguía azotándonos, perdimos al fin toda esperanza de salvarnos. [21] Llevábamos ya mucho tiempo sin comer, así que Pablo se puso en medio de todos y dijo: ―Señores, debían haber seguido mi consejo y no haber zarpado de Creta; así se habrían ahorrado este perjuicio y esta pérdida. [22] Pero ahora los exhorto a cobrar ánimo, porque ninguno de ustedes perderá la vida; solo se perderá el barco. [23] Anoche se me apareció un ángel del Dios a quien pertenezco y sirvo, [24] y me dijo: “No tengas miedo, Pablo. Tienes que comparecer ante el césar, y Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo”. [25] Así que ¡ánimo, señores! Confío en Dios que sucederá tal y como se me dijo. [26] Sin embargo, tenemos que encallar en alguna isla. [27] Ya habíamos pasado catorce noches a la deriva por el mar Adriático cuando a eso de la medianoche los marineros presintieron que se aproximaban a tierra. [28] Echaron la sonda y encontraron que el agua tenía unos treinta y siete metros de profundidad. Más adelante volvieron a echar la sonda y encontraron que tenía cerca de veintisiete metros de profundidad. [29] Temiendo que fuéramos a estrellarnos contra las rocas, echaron cuatro anclas por la popa y se pusieron a rogar que amaneciera. [30] En un intento por escapar del barco, los marineros comenzaron a bajar el bote salvavidas al mar, con el pretexto de que iban a echar algunas anclas desde la proa. [31] Pero Pablo les advirtió al centurión y a los soldados: «Si esos no se quedan en el barco, no podrán salvarse ustedes». [32] Así que los soldados cortaron las amarras del bote salvavidas y lo dejaron caer al agua. [33] Estaba a punto de amanecer cuando Pablo animó a todos a tomar alimento: «Hoy hace ya catorce días que ustedes están con la vida en un hilo y siguen sin probar bocado. [34] Les ruego que coman algo, pues lo necesitan para sobrevivir. Ninguno de ustedes perderá ni un solo cabello de la cabeza». [35] Dicho esto, tomó pan y dio gracias a Dios delante de todos. Luego lo partió y comenzó a comer. [36] Todos se animaron y también comieron. [37] Éramos en total doscientas setenta y seis personas en el barco. [38] Una vez satisfechos, aligeraron el barco echando el trigo al mar. [39] Cuando amaneció, no reconocieron la tierra, pero vieron una bahía que tenía playa, donde decidieron encallar el barco a como diera lugar. [40] Cortaron las anclas y las dejaron caer en el mar, desatando a la vez las amarras de los timones. Luego izaron a favor del viento la vela de proa y se dirigieron a la playa. [41] Pero el barco fue a dar en un banco de arena y encalló. La proa se encajó en el fondo y quedó varada, mientras la popa se hacía pedazos al embate de las olas. [42] Los soldados pensaron matar a los presos para que ninguno escapara a nado. [43] Pero el centurión quería salvarle la vida a Pablo y les impidió llevar a cabo el plan. Dio orden de que los que pudieran nadar saltaran primero por la borda para llegar a tierra, [44] y de que los demás salieran valiéndose de tablas o de restos del barco. De esta manera todos llegamos sanos y salvos a tierra.

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