Hechos 19:1-41 NVI
[1] Mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo recorrió las regiones del interior y llegó a Éfeso. Allí encontró a algunos discípulos. [2] ―¿Recibieron ustedes el Espíritu Santo cuando creyeron? —les preguntó. ―No, ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo —respondieron. [3] ―Entonces, ¿qué bautismo recibieron? —preguntó. ―El bautismo de Juan —respondieron. [4] Pablo les explicó: ―Juan bautizó con un bautismo de arrepentimiento, y a la gente le indicaba que creyera en el que vendría después de él, es decir, en Jesús. [5] Al oír esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. [6] Cuando Pablo les impuso las manos, el Espíritu Santo vino sobre ellos, y empezaron a hablar en lenguas y a profetizar. [7] Eran en total unos doce hombres. [8] Pablo entró en la sinagoga y habló allí con toda valentía durante tres meses. Discutía acerca del reino de Dios, tratando de convencerlos, [9] pero algunos se negaron obstinadamente a creer, y ante la congregación hablaban mal del Camino. Así que Pablo se alejó de ellos y formó un grupo aparte con los discípulos; y a diario debatía en la escuela de Tirano. [10] Esto continuó por espacio de dos años, de modo que todos los judíos y los que no eran judíos que vivían en la provincia de Asia llegaron a escuchar la palabra del Señor. [11] Dios hacía milagros extraordinarios por medio de Pablo, [12] a tal grado que a los enfermos les llevaban pañuelos y delantales que habían tocado el cuerpo de Pablo, y quedaban sanos de sus enfermedades; también los espíritus malignos salían de ellos. [13] Algunos judíos que andaban expulsando espíritus malignos intentaron invocar sobre los endemoniados el nombre del Señor Jesús. Decían: «¡En el nombre de Jesús, a quien Pablo predica, les ordeno que salgan!». [14] Esto lo hacían siete hijos de un tal Esceva, que era uno de los jefes de los sacerdotes judíos. [15] Un día el espíritu maligno les respondió: «Conozco a Jesús y conozco a Pablo, pero ustedes ¿quiénes son?». [16] Y abalanzándose sobre ellos, el hombre que tenía el espíritu maligno los dominó a todos. Los maltrató con tanta violencia que huyeron de la casa desnudos y heridos. [17] Cuando se enteraron los judíos y los que no eran judíos que vivían en Éfeso, el temor se apoderó de todos ellos, y el nombre del Señor Jesús era glorificado. [18] Muchos de los que habían creído llegaban ahora y confesaban públicamente lo que habían hecho. [19] Un buen número de los que practicaban la hechicería juntaron sus libros en un montón y los quemaron delante de todos. Cuando calcularon el precio de aquellos libros, resultó un total de cincuenta mil monedas de plata. [20] Así la palabra del Señor crecía y se difundía con poder arrollador. [21] Después de todos estos sucesos, Pablo tomó la determinación de ir a Jerusalén, pasando por Macedonia y Acaya. Decía: «Después de estar allí, tengo que visitar Roma». [22] Entonces envió a Macedonia a dos de sus ayudantes, Timoteo y Erasto, mientras él se quedaba por algún tiempo en la provincia de Asia. [23] Por aquellos días se produjo un gran disturbio a propósito del Camino. [24] Un platero llamado Demetrio, que hacía figuras en plata del templo de Artemisa, proporcionaba a los artesanos no poca ganancia. [25] Los reunió con otros obreros del ramo y les dijo: ―Compañeros, ustedes saben que obtenemos buenos ingresos de este oficio. [26] Les consta además que el tal Pablo ha logrado persuadir a mucha gente no solo en Éfeso, sino en casi toda la provincia de Asia. Él sostiene que no son dioses los que se hacen con las manos. [27] Ahora bien, no solo hay peligro de que se desprestigie nuestro oficio, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa sea menospreciado y que la diosa misma, a quien adoran toda la provincia de Asia y el mundo entero, sea despojada de su divina majestad. [28] Al oír esto, se enfurecieron y comenzaron a gritar: ―¡Grande es Artemisa de los efesios! [29] Enseguida toda la ciudad se alborotó. La turba en masa se precipitó en el teatro, arrastrando a Gayo y a Aristarco, compañeros de viaje de Pablo, que eran de Macedonia. [30] Pablo quiso presentarse ante la multitud, pero los discípulos no se lo permitieron. [31] Incluso algunas autoridades de la provincia, que eran amigos de Pablo, le enviaron un recado, rogándole que no se arriesgara a entrar en el teatro. [32] Había confusión en la asamblea. Cada uno gritaba una cosa distinta, y la mayoría ni siquiera sabía para qué se habían reunido. [33] Los judíos empujaron a un tal Alejandro hacia adelante, y algunos de entre la multitud lo sacaron para que tomara la palabra. Él agitó la mano para pedir silencio y presentar su defensa ante el pueblo. [34] Pero, cuando se dieron cuenta de que era judío, todos se pusieron a gritar a un mismo tiempo como por dos horas: ―¡Grande es Artemisa de los efesios! [35] El secretario del concejo municipal logró calmar a la multitud y dijo: ―Ciudadanos de Éfeso, ¿acaso no sabe todo el mundo que la ciudad de Éfeso es guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua bajada del cielo? [36] Ya que estos hechos son innegables, es preciso que ustedes se calmen y no hagan nada precipitadamente. [37] Ustedes han traído a estos hombres, aunque ellos no han cometido ningún sacrilegio ni han blasfemado contra nuestra diosa. [38] Así que, si Demetrio y sus compañeros de oficio tienen alguna queja contra alguien, para eso hay tribunales y gobernadores. Vayan y presenten allí sus acusaciones unos contra otros. [39] Si tienen alguna otra demanda, que se resuelva en legítima asamblea. [40] Tal y como están las cosas, con los sucesos de hoy corremos el riesgo de que nos acusen de causar disturbios. ¿Qué razón podríamos dar de este alboroto, si no hay ninguna? [41] Dicho esto, despidió la asamblea.
