2 Reyes 7:1-20 NVI

[1] Eliseo contestó: ―Oigan la palabra del SEÑOR que dice así: “Mañana a estas horas, a la entrada de Samaria, podrá comprarse un seah de harina refinada con un siclo de plata y hasta dos seahs de cebada por el mismo precio”. [2] El ayudante personal del rey respondió al hombre de Dios: ―¡No me digas! Aun si el SEÑOR abriera las compuertas del cielo, ¡no podría suceder tal cosa! ―Pues lo verás con tus propios ojos —le advirtió Eliseo—, pero no llegarás a comerlo. [3] Ese día, cuatro hombres que tenían una enfermedad en la piel se hallaban a la entrada de la ciudad. ―¿Qué ganamos con quedarnos aquí sentados esperando la muerte? —se preguntaron unos a otros—. [4] No ganamos nada con entrar en la ciudad. Allí nos moriremos de hambre con todos los demás; pero, si nos quedamos aquí, nos sucederá lo mismo. Vayamos, pues, al campamento de los arameos para rendirnos. Si nos perdonan la vida, viviremos; si nos matan, de todos modos moriremos. [5] Al anochecer se pusieron en camino, pero, cuando llegaron a las afueras del campamento arameo, ¡ya no había nadie allí! [6] Y era que el Señor había confundido a los arameos haciéndoles oír el ruido de carros de combate y de caballería, como si fuera un gran ejército. Entonces se dijeron unos a otros: «¡Seguro que el rey de Israel ha contratado a los reyes hititas y egipcios para atacarnos!». [7] Por lo tanto, emprendieron la fuga al anochecer, abandonando tiendas de campaña, caballos y asnos. Dejaron el campamento tal como estaba para escapar y salvarse. [8] Cuando los hombres con la piel enferma llegaron a las afueras del campamento, entraron en una de las tiendas de campaña. Después de comer y beber, se llevaron de allí plata, oro y ropa, y fueron a esconderlo todo. Luego regresaron, entraron en otra tienda, y también de allí tomaron varios objetos y los escondieron. [9] Entonces se dijeron unos a otros: ―Esto no está bien. Hoy es un día de buenas noticias y no las estamos dando a conocer. Si esperamos hasta que amanezca, resultaremos culpables. Vayamos ahora mismo al palacio y demos aviso. [10] Así que fueron a la ciudad y llamaron a los centinelas. Les dijeron: «Fuimos al campamento de los arameos y ya no había nadie allí. Solo se oía a los caballos y asnos, que estaban atados. Y las tiendas las dejaron tal como estaban». [11] Los centinelas, a voz en cuello, hicieron llegar la noticia hasta el interior del palacio. [12] Aunque era de noche, el rey se levantó y les dijo a sus ministros: ―Déjenme decirles lo que esos arameos están tramando contra nosotros. Como saben que estamos pasando hambre, han abandonado el campamento y se han escondido en el campo. Lo que quieren es que salgamos, para atraparnos vivos y entrar en la ciudad. [13] Uno de sus ministros propuso: ―Que salgan algunos hombres con cinco de los caballos que aún quedan aquí. Si mueren, no les irá peor que a la multitud de israelitas que está por perecer. ¡Enviémoslos a ver qué pasa! [14] De inmediato los hombres tomaron dos carros con caballos. Entonces el rey los mandó al campamento del ejército arameo, con instrucciones de que investigaran. [15] Llegaron hasta el Jordán y vieron que todo el camino estaba lleno de ropa y de objetos que los arameos habían arrojado al huir precipitadamente. De modo que regresaron los mensajeros e informaron al rey, [16] y el pueblo salió a saquear el campamento arameo. Y, tal como la palabra del SEÑOR lo había dado a conocer, se pudo comprar un seah de harina refinada con solo un siclo de plata y hasta dos seahs de cebada por el mismo precio. [17] El rey le había ordenado a su ayudante personal que vigilara la entrada de la ciudad, pero el pueblo lo atropelló ahí mismo, y así se cumplió lo que había dicho el hombre de Dios cuando el rey fue a su casa. [18] Sucedió tal y como el hombre de Dios le había dicho al rey: «Mañana a estas horas, a la entrada de Samaria, podrá comprarse dos seahs de cebada por un siclo de plata y un seah de harina refinada por el mismo precio». [19] El ayudante había dicho al hombre de Dios: «¡No me digas! Aun si el SEÑOR abriera las compuertas del cielo, ¡no podría suceder tal cosa!». De modo que el hombre de Dios respondió: «Pues lo verás con tus propios ojos, pero no llegarás a comerlo». [20] En efecto, así ocurrió: el pueblo lo atropelló a la entrada de la ciudad, y allí murió.

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