2 Reyes 4:1-44 NVI
[1] La viuda de un miembro de la comunidad de los profetas le suplicó a Eliseo: ―Mi esposo, su servidor, ha muerto y usted sabe que él era fiel al SEÑOR. Ahora resulta que el hombre con quien estamos endeudados ha venido para llevarse a mis dos hijos como esclavos. [2] ―¿Y qué puedo hacer por ti? —le preguntó Eliseo—. Dime, ¿qué tienes en casa? ―Su servidora no tiene nada en casa —le respondió—, excepto un poco de aceite. [3] Eliseo le ordenó: ―Sal y pide a tus vecinos que te presten sus vasijas; que no sean pocas. [4] Luego entra en la casa con tus hijos y cierra la puerta. Echa aceite en todas las vasijas y, a medida que las llenes, ponlas aparte. [5] Enseguida la mujer dejó a Eliseo y se fue. Luego se encerró con sus hijos y empezó a llenar las vasijas que ellos le pasaban. [6] Cuando ya todas estuvieron llenas, ella le pidió a uno de sus hijos que le pasara otra más y él respondió: «Ya no hay». En ese momento se acabó el aceite. [7] La mujer fue y se lo contó al hombre de Dios, quien le ordenó: «Ahora ve a vender el aceite y paga tus deudas. Con el dinero que te sobre podrán vivir tú y tus hijos». [8] Un día, cuando Eliseo pasaba por Sunem, cierta mujer de buena posición le insistió que comiera en su casa. Desde entonces, siempre que pasaba por ese pueblo, comía allí. [9] La mujer le dijo a su esposo: «Mira, yo estoy segura de que este hombre que siempre nos visita es un santo hombre de Dios. [10] Hagámosle un cuarto en la azotea y pongamos allí una cama, una mesa con una silla y una lámpara. De ese modo, cuando nos visite, tendrá un lugar donde quedarse». [11] En cierta ocasión Eliseo llegó, fue a su cuarto y se acostó. [12] Luego dijo a su criado Guiezi: ―Llama a la mujer sunamita. El criado así lo hizo y ella se presentó. [13] Entonces Eliseo le dijo a Guiezi: ―Dile a la señora: “¡Te has tomado muchas molestias por nosotros! ¿Qué puedo hacer por ti? ¿Quieres que le hable al rey o al comandante del ejército en tu favor?”. Pero ella le respondió: ―Yo vivo segura en medio de mi pueblo. [14] Eliseo le preguntó a Guiezi: ―¿Qué puedo hacer por ella? ―Bueno —contestó el siervo—, ella no tiene hijos y su esposo ya es anciano. [15] ―Llámala —ordenó Eliseo. Guiezi la llamó y ella se detuvo en la puerta. [16] Entonces Eliseo le prometió: ―El año que viene, por esta fecha, estarás abrazando a un hijo. ―¡No, mi señor, hombre de Dios! —exclamó ella—. No engañe usted a su servidora. [17] En efecto, la mujer quedó embarazada. Y, al año siguiente, por esa misma fecha, dio a luz un hijo, tal como Eliseo se lo había dicho. [18] El niño creció y un día salió a ver a su padre, que estaba con los segadores. [19] De pronto exclamó: ―¡Ay, mi cabeza! ¡Me duele la cabeza! El padre le ordenó a un criado: ―¡Llévaselo a su madre! [20] El criado lo cargó y se lo llevó a la madre, la cual lo tuvo en sus rodillas hasta el mediodía. A esa hora, el niño murió. [21] Entonces ella subió, lo puso en la cama del hombre de Dios y, cerrando la puerta, salió. [22] Después llamó a su esposo y le dijo: ―Préstame un criado y una burra; enseguida vuelvo. Voy de prisa a ver al hombre de Dios. [23] ―¿Para qué vas a verlo hoy? —le preguntó su esposo—. No es día de luna nueva ni sábado. ―No importa —respondió ella. [24] Entonces ensilló la burra y le ordenó al criado: ―¡Anda, vamos! No te detengas hasta que te lo diga. [25] La mujer se puso en marcha y llegó al monte Carmelo, donde estaba Eliseo, el hombre de Dios. Este la vio a lo lejos y le dijo a su criado Guiezi: ―¡Mira! Ahí viene la sunamita. [26] Corre a recibirla y pregúntale cómo está ella, y cómo están su esposo y el niño. El criado fue y ella respondió que todos estaban bien. [27] Pero luego fue a la montaña y se abrazó a los pies del hombre de Dios. Guiezi se acercó con el propósito de apartarla, pero el hombre de Dios intervino: ―¡Déjala! Está muy angustiada. El SEÑOR me ha ocultado lo que pasa; no me ha dicho nada. [28] ―Señor mío —le reclamó la mujer—, ¿acaso yo le pedí a usted un hijo? ¿No le rogué que no me diera falsas esperanzas? [29] Eliseo le ordenó a Guiezi: ―Arréglate la ropa, toma mi bastón y ponte en camino. Si te encuentras con alguien, no lo saludes; si alguien te saluda, no le respondas. Y, cuando llegues, coloca el bastón sobre la cara del niño. [30] Pero la madre del niño exclamó: ―¡Tan cierto como que el SEÑOR y usted viven, le aseguro a usted que no lo dejaré solo! Así que Eliseo se levantó y fue con ella. [31] Guiezi, que se había adelantado, llegó y colocó el bastón sobre la cara del niño, pero este no respondió ni dio ninguna señal de vida. Por tanto, Guiezi volvió para encontrarse con Eliseo y le dijo: ―El niño no despierta. [32] Cuando Eliseo llegó a la casa, encontró al niño muerto, tendido sobre su cama. [33] Entró al cuarto, cerró la puerta y oró al SEÑOR. [34] Luego subió a la cama y se tendió sobre el niño boca a boca, ojos a ojos y manos a manos, hasta que el cuerpo del niño empezó a entrar en calor. [35] Eliseo se levantó y se puso a caminar de un lado a otro del cuarto y luego volvió a tenderse sobre el niño. Entonces el niño estornudó siete veces y abrió los ojos. [36] Entonces Eliseo le dijo a Guiezi: ―Llama a la mujer sunamita. Guiezi así lo hizo y, cuando la mujer llegó, Eliseo le dijo: ―Puedes llevarte a tu hijo. [37] Ella entró, se arrojó a los pies de Eliseo y se postró rostro en tierra. Entonces tomó a su hijo y salió. [38] Eliseo regresó a Guilgal y se encontró con que en esos días había mucha hambre en el país. Por tanto, se reunió con la comunidad de profetas y le ordenó a su criado: «Pon esa olla grande en el fogón y prepara un guisado para los profetas». [39] En eso, uno de ellos salió al campo para recoger hierbas; allí encontró una planta silvestre y arrancó varias frutas hasta llenar su manto. Al regresar, las cortó en pedazos y las echó en el guisado sin saber qué eran. [40] Sirvieron el guisado, pero, cuando los hombres empezaron a comerlo, gritaron: ―¡Hombre de Dios, esto es veneno! Así que no pudieron comer. [41] Entonces Eliseo ordenó: ―Tráiganme harina. Después de echar la harina en la olla, dijo: ―Sírvanle a la gente para que coma. Y ya no hubo nada en la olla que les hiciera daño. [42] De Baal Salisá llegó alguien que llevaba para el hombre de Dios pan de los primeros frutos: veinte panes de cebada y espigas de trigo fresco. Eliseo le dijo a su criado: ―Dale de comer a la gente. [43] ―¿Cómo voy a alimentar a cien personas con esto? —respondió el criado. Pero Eliseo insistió: ―Dale de comer a la gente, pues así dice el SEÑOR: “Comerán y habrá de sobra”. [44] Entonces el criado les sirvió el pan y, conforme a la palabra del SEÑOR, la gente comió y hubo de sobra.
