1 Samuel 28:1-25 NVI
[1] Por aquel tiempo, los filisteos reunieron sus tropas para ir a la guerra contra Israel. Por lo tanto, Aquis le dijo a David: ―Quiero que sepas que tú y tus hombres saldrán conmigo a la guerra. [2] ―Está bien —respondió David—. Ya verá usted de lo que es capaz este siervo suyo. ―Si es así —añadió Aquis—, de ahora en adelante te nombro mi guardaespaldas. [3] Ya Samuel había muerto. Todo Israel había hecho duelo por él y lo habían enterrado en Ramá, que era su propio pueblo. Saúl, por su parte, había expulsado del país a los médiums y a los espiritistas. [4] Los filisteos concentraron sus fuerzas y fueron a Sunem, donde acamparon. Saúl reunió entonces a los israelitas y armaron su campamento en Guilboa. [5] Entonces, cuando vio Saúl al ejército filisteo, le entró tal miedo que se descorazonó por completo. [6] Por eso consultó al SEÑOR, pero él no le respondió ni en sueños, ni por el urim ni por los profetas. [7] Por eso Saúl les ordenó a sus oficiales: ―Búsquenme a una médium, para que yo vaya a consultarla. ―Pues hay una en Endor —le respondieron. [8] Saúl se disfrazó con otra ropa y, acompañado de dos hombres, se fue de noche a ver a la médium. ―Quiero que evoques a un espíritu —le pidió Saúl—. Haz que se me aparezca el que yo te diga. [9] ―¿Acaso no sabe usted lo que ha hecho Saúl? —respondió la mujer—. ¡Ha expulsado del país a los médiums y a los espiritistas! ¿Por qué viene usted a tenderme una trampa y exponerme a la muerte? [10] ―¡Tan cierto como que el SEÑOR vive, te aseguro que nadie te va a castigar por esto! —contestó Saúl. [11] ―¿A quién desea usted que yo haga aparecer? —preguntó la mujer. ―Evócame a Samuel —respondió Saúl. [12] Al ver a Samuel, la mujer pegó un grito. ―¡Pero si usted es Saúl! ¿Por qué me ha engañado? —le reclamó. [13] ―No tienes nada que temer —dijo el rey—. Dime lo que has visto. ―Veo un espíritu que sube de la tierra —respondió ella. [14] ―¿Y qué aspecto tiene? ―El de un anciano que sube envuelto en un manto. Al darse cuenta Saúl de que era Samuel, se postró rostro en tierra. [15] Samuel le dijo a Saúl: ―¿Por qué me molestas, haciéndome subir? ―Estoy muy angustiado —respondió Saúl—. Los filisteos me están atacando, y Dios me ha abandonado. Ya no me responde, ni en sueños ni por medio de profetas. Por eso decidí llamarte, para que me digas lo que debo hacer. [16] Samuel le respondió: ―Pero, si el SEÑOR se ha alejado de ti y se ha vuelto tu enemigo, ¿por qué me consultas a mí? [17] El SEÑOR ha cumplido lo que había anunciado por medio de mí: él te ha arrebatado de las manos el reino y se lo ha dado a tu compañero David. [18] Tú no obedeciste al SEÑOR, pues no llevaste a cabo la furia de su castigo contra los amalecitas; por eso él te condena hoy. [19] El SEÑOR te entregará a ti y a Israel en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos se unirán a mí, y el campamento israelita caerá en poder de los filisteos. [20] Al instante Saúl se desplomó. Y es que estaba lleno de miedo por lo que Samuel le había dicho, además de que se moría de hambre, pues en toda la noche y en todo el día no había comido nada. [21] Al verlo tan asustado, la mujer se le acercó y le dijo: ―Yo, su sierva, le hice caso a usted y, por obedecer sus órdenes, me jugué la vida. [22] Ahora yo le pido que me haga caso a mí. Déjeme traerle algún alimento para que coma; así podrá recuperarse y seguir su camino. [23] Pero Saúl se negó a comer. Sin embargo, sus oficiales insistieron al igual que la mujer, y por fin consintió. Se levantó del suelo y tomó asiento en la cama. [24] La mujer tenía en su casa un becerro gordo al que mató enseguida. También amasó harina y horneó unos panes sin levadura. [25] Luego les sirvió a Saúl y a sus oficiales. Esa misma noche, después de comer, todos ellos emprendieron el camino.
