1 Juan 3:1-24 NVI
[1] ¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente, porque no lo conoció a él. [2] Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que habremos de ser. Sabemos, sin embargo, que cuando Cristo venga seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es. [3] Todo el que tiene esta esperanza en Cristo se purifica a sí mismo, así como él es puro. [4] Todo el que comete pecado quebranta la ley; de hecho, el pecado es transgresión de la ley. [5] Pero ustedes saben que Jesucristo se manifestó para quitar nuestros pecados. Y él no tiene pecado. [6] Todo el que permanece en él no practica el pecado. Todo el que practica el pecado no lo ha visto ni lo ha conocido. [7] Queridos hijos, que nadie los engañe. El que practica la justicia es justo, así como él es justo. [8] El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha estado pecando desde el principio. El Hijo de Dios fue enviado precisamente para destruir las obras del diablo. [9] Ninguno que haya nacido de Dios practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; no puede seguir pecando, porque ha nacido de Dios. [10] Así distinguimos entre los hijos de Dios y los hijos del diablo: el que no practica la justicia no es hijo de Dios, como tampoco lo es el que no ama a su hermano. [11] Este es el mensaje que han oído desde el principio: que nos amemos los unos a los otros. [12] No seamos como Caín que, por ser del maligno, asesinó a su hermano. ¿Y por qué lo hizo? Porque sus propias obras eran malas y las de su hermano, justas. [13] Hermanos, no se extrañen si el mundo los odia. [14] Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. [15] Todo el que odia a su hermano es un asesino, y ustedes saben que en ningún asesino permanece la vida eterna. [16] En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos. [17] Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? [18] Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad. [19] En esto sabremos que somos de la verdad y nos sentiremos seguros delante de él: [20] aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. [21] Queridos hermanos, si el corazón no nos condena y tenemos confianza delante de Dios, [22] recibimos todo lo que le pedimos, porque obedecemos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. [23] Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros, pues así lo ha dispuesto. [24] El que obedece sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él. ¿Cómo sabemos que él permanece en nosotros? Por el Espíritu que nos dio.
