[1] ¿Por qué están tan enojadas las naciones? ¿Por qué pierden el tiempo en planes inútiles? [2] Los reyes de la tierra se preparan para la batalla, los gobernantes conspiran juntos en contra del SEÑOR y en contra de su ungido. [3] «¡Rompamos las cadenas! -gritan-, ¡y liberémonos de ser esclavos de Dios!». [4] Pero el que gobierna en el cielo se ríe; el Señor se burla de ellos. [5] Después los reprende con enojo; los aterroriza con su intensa furia. [6] Pues el Señor declara: «He puesto a mi rey elegido en el trono de Jerusalén, en mi monte santo». [7] El rey proclama el decreto del SEÑOR: «El SEÑOR me dijo: "Tú eres mi hijo. Hoy he llegado a ser tu Padre. [8] Tan solo pídelo, y te daré como herencia las naciones, toda la tierra como posesión tuya. [9] Las quebrarás con vara de hierro y las harás pedazos como si fueran ollas de barro"». [10] Ahora bien, ustedes reyes, ¡actúen con sabiduría! ¡Quedan advertidos, ustedes gobernantes de la tierra! [11] Sirvan al SEÑOR con temor reverente y alégrense con temblor. [12] Sométanse al hijo de Dios, no sea que se enoje y sean destruidos en plena actividad, porque su ira se enciende en un instante. ¡Pero qué alegría para todos los que se refugian en él!